20 de abril de 2025
Una invitación a cambiar el enfoque
Hay un momento de la historia bíblica, en el que Moisés sube al monte Sinaí y le pide a Dios que le muestre su gloria. Dios accede y le dice que se pare sobre una roca y que cuando vaya a pasar su presencia, lo esconderá en la grieta de la roca, lo cubrirá con su mano y, posteriormente, podrá verle, pero solo la espalda (Éxodo 33:18-23). Podemos estar seguros de que Dios siempre nos está cubriendo con su mano y sentirnos seguros sobre la roca, pero ocurren situaciones en nuestras vidas que nos pueden hacer fácilmente cuestionar la seguridad o protección de Dios. Puede ser una enfermedad, una relación que se rompe, problemas económicos, la pérdida de un familiar o empleo, etc. Cualquier situación que nos provoque dolor. Sentimos cómo Dios ha retirado su mano de sobre nosotros. Nos sentimos desprotegidos y abandonados. El problema no es que Dios haya retirado su mano, sino que nos hemos quedado mirando la oscuridad de la grieta. Nos quedamos mirando hacia nuestra oscuridad, hacia nosotros mismos y hacia la herida que se ha provocado, pero si alzáramos la vista, cambiaríamos nuestro enfoque y perspectiva; lo que veríamos sería totalmente distinto. Veríamos su gloria. ¿Cuántas veces le hemos pedido que nos muestre su gloria? Para esto es necesario que retire su mano. Vivir ese momento de desprotección para que podamos ver más que su mano; ver su espalda, su gloria. Levanto la vista hacia las montañas; ¿viene de allí mi ayuda? ¡Mi ayuda viene del Señor…! (Salmos 121:1-2) Levantemos la vista. No es fácil, porque la reacción más natural frente al peligro, al dolor, es mirar hacia abajo y hacia dentro, hacia uno mismo, pero estamos llamados a mirar más allá de las altas montañas. Su gloria resplandece en lo alto. Dios le permite a Moisés verle la espalda. Si hacemos el ejercicio metafórico de ver nuestra espalda, ésta representa nuestro pasado, nuestra historia, y si miramos hacia atrás, podemos ver que su gloria resplandece sobre todos los momentos de nuestra vida. Él siempre ha estado y siempre estará. Es el principio y el final de nuestra vida. Es el alfa y el omega. El primero y el último. Y si miramos su espalda es porque él va delante de nosotros enderezando los lugares torcidos (Deuteronomio 31:8; Isaías 45:2). Aunque veamos solo su espalda, su gloria no deja de brillar. Resplandece sobre nuestro futuro. Esto es lo que nos debe dar paz y seguridad, porque es lo que él promete: “En paz me acostaré y dormiré, porque solo tú, oh Señor, me mantendrás a salvo” (Salmos 4:8); nos hace descansar, renueva nuestras fuerzas, y aunque pasemos por el valle más oscuro, no temeremos porque va con nosotros, nos protege y nos conforta (Salmos 23:1-4) y debemos reconocer que a pesar de eso tendremos momentos de aflicción y dolor, porque estamos en este mundo y es lo que el mundo tiene para ofrecer, pero debemos estar tranquilos porque él ha vencido todas esas cosas (Juan 16:33) y nos da una paz que sobrepasa todo entendimiento y como nadie ni nada la puede ofrecer (Juan 14:27; Filipenses 4:7). Ahora, frente a esto, ¿cómo podemos encarnar todo esto? Porque, como vimos anteriormente, en este mundo tendremos aflicciones; por ende, nuestro organismo —cuerpo y mente— reacciona naturalmente a estas situaciones manifestándose en estrés, ansiedad, tristeza, etc., lo cual hace que no sea una vivencia fácil, porque se produce una lucha entre lo que sabemos y lo que vivimos en el momento de la aflicción. No podemos cambiar nuestra consciencia con nuestra misma consciencia— aquí hablaré de “consciencia”, ya que en filosofía y psicología es utilizada para referirse al conocimiento de la realidad y de uno mismo, en un sentido más profundo y metafísico, y a la capacidad de estar presente y conectado con el momento actual, percibiendo los matices del entorno y de uno mismo, y no “conciencia” ya que esta es utilizada de forma general que incluye el conocimiento moral—, por lo que necesitamos algo más grande que nosotros. En Efesios 4:23 se nos da la instrucción de que debemos renovar el espíritu de nuestra mente. En otras versiones dice: renovados en la actitud de su mente, cambiar completamente la manera de pensar, renovar espiritualmente la manera de juzgar. Este último es muy interesante ya que nuestro organismo suele juzgar todo como peligroso y nos hace estar alerta, lo que genera estrés y ansiedad. La pregunta a responder es cómo renovamos nuestros pensamientos. En 2 Corintios 10:5 leemos que hay que llevar todo pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo, ¿qué quiere decir? A título personal, puedo llegar a la conclusión de que todo pensamiento que se opone a Dios debe ser sometido. Por ejemplo: La mente dice que hay que temer a la situación que enfrentamos, pero Dios dice que debemos estar tranquilos y no temer porque él es Dios y está con nosotros. La mente dice que no tengo valor alguno, que no soy suficiente, pero Dios dice que nos amó de tal manera que dio a su Hijo por nosotros. La mente dice que no alcanza el dinero, pero Dios dice que no nos preocupemos por lo que hemos de comer y vestir porque él tiene cuidado de nosotros, etc. ¿Cómo someto los pensamientos? Personalmente, puedo decir que el primer paso es aceptar lo que estoy pensando. Cuando viene un pensamiento negativo a la mente, lo primero es tratar de rechazarlo, pero lo que se resiste persiste; lo que se acepta y se vive se transforma. Debemos reconocer esos pensamientos sin juzgarlos para luego cambiarlos por algo mejor que es lo que nos ofrecen las palabras del Señor. En segundo lugar, debemos meditar en dichas palabras (Josué 1:8), meditar en todo lo que es verdadero, digno, justo, puro, bello, admirable. La versión JBS dice que en esto debemos ejercitarnos. Es algo constante. Otro ejercicio que se puede realizar para cambiar nuestra consciencia, dado a cómo vimos, que se refiere a estar en el presente y conectado con el momento actual, es la respiración. Por distintos factores, nuestra respiración es corta y superficial, pero en realidad debería ser prolongada y profunda. Es cosa de ver cómo respira un bebé recién nacido. El poner atención en nuestra respiración nos trae al ahora. Nuestra mente se libera de preocupaciones y pensamientos, al sentir cómo el aire que entra por nuestra nariz comienza a inundar nuestro cuerpo, llenándolo de energía. Esto es crucial. A pesar de que nuestra mente es algo abstracto, necesita energía para renovarse y para obtener energía necesitamos respirar como es debido. Nuestra respiración, al ser corta y superficial, solo alcanza para sobrevivir y no para vivir. Al tener poco oxígeno, nuestras funciones vitales disminuyen para ahorrar energía, es por eso que podemos andar más lentos, sintiéndonos pesados, fatigados, etc. Pero si respiramos profundamente y prolongadamente, tendremos más energía. Es cosa de ver a los deportistas, cuyos cuerpos los llevan a respirar más. Necesitamos más energía para cambiar nuestra mente y la energía se produce a través de la respiración, que es esencial para la respiración celular, donde se convierte la glucosa en energía útil en forma de ATP, la molécula que almacena y transporta energía en las células para impulsar diversos procesos vitales. En cuanto a la respiración, estamos tan acostumbrados a ella, que olvidamos el sentido profundo y espiritual que tiene. En la Biblia encontramos la palabra Ruah que significa “soplo”, “aliento”, “respiración”, “aire” o “viento” y también se designa al Espíritu de Dios. Por lo tanto, cada vez que respiramos estamos siendo llenos de su presencia y no solo eso, sino que respiramos el nombre de Dios. YHWH representan sonidos de la respiración o consonantes aspiradas. Cuando se pronuncia sin vocales intermedias suena como respirar. YH (inhalar); WH (exhalar). Tal vez, por eso el nombre de Dios no se podía pronunciar, porque se supone que debemos respirarlo. Todo lo que respira alabe a Dios (Salmos 150:6). Hay una canción de Sixpence None the Richer titulada “Breathe your Name” (Respiro tu nombre) que trata sobre lo que se ha estado analizando. La respiración nos trae al momento presente, a vivir el ahora. Eclesiastés 3:11 dice que ha puesto eternidad en el corazón del hombre y si no respiramos nuestro corazón no vive, por lo tanto no experimentamos la eternidad en el presente, que es el regalo que Dios nos dio. Dicho sea de paso, la eternidad no es algo que podamos ubicar en nuestra línea temporal. No es un hecho que ocurra cuando partamos de este mundo al momento de morir. Es el ahora. Debo ser honesto: no he llegado a estas conclusiones solo, ni he podido ponerlas en práctica sin ayuda. El sistema quiropráctico Network Spinal me ha permitido comprender estos principios de una forma muy práctica, aunque no directamente de forma teológica. Me ha ayudado a liberar mi sistema nervioso, a salir del estado de alerta constante, y a experimentar un nivel más profundo de conexión, paz y energía. Otra cosa que me ha servido es entender que no soy un ser sufriente, que no he sido llamado para sufrir, muy por el contrario, he sido llamado victorioso porque él me ha dado su victoria. Él es quien renueva mis fuerzas y me hace volar como con alas de águila. Para esto he tomado como símbolos el león y el águila. En mi fondo de pantalla de teléfono y ordenador tengo la imagen de un león. Me compré un collar y un anillo con forma de alas y cada vez que los veo me recuerdan las palabras expuestas. Pareciera que cuando comencé a hablar de cambiar nuestra mente nos desvió del tema inicial, pero no es así. El punto del comienzo habla de ver su gloria, de cambiar nuestro enfoque y poner mis ojos y pensamientos en él, y es ahí donde puedo darme cuenta de que su gloria brilla en todas las cosas, en los pensamientos que cambian mi realidad por la de él, en que cada vez que respiro pronuncio su nombre, por lo que me siento más cercano a él y más seguro. Finalmente el cambiar nuestro enfoque, nuestra manera de pensar y de vivir es lo que hace que la paz que el Señor nos da sea una realidad tangible en nuestra vida, en el día a día, en cada momento, independiente de las situaciones que experimentemos. Debemos vivir cada situación tal como se nos presentan, sin quejas, sin juzgarlas como malas (aunque lo sean), sin cuestionarlas, ya que él y solo él tiene la capacidad de sacar lo bueno y la luz de todo ello y si estamos receptivos y con nuestra mente y corazón abiertos podemos recibir la gloria que él tiene para darnos y tal como le ocurrió a Moisés, nuestro rostro resplandecerá por estar expuesto a esa gloriosa presencia que transforma nuestro lamento en gozo, trae vida donde había muerte, restaura donde fue destruido y repone donde fue robado. En momentos de oscuridad, no es que Dios haya retirado completamente su mano, sino que nuestros ojos están fijos en la grieta. Si alzamos la vista, descubriremos que su gloria y protección siempre han estado allí. Cambiar el enfoque nos invita a confiar en su presencia constante, encontrando paz incluso en medio de la adversidad.
— Andriu